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sábado, 29 de febrero de 2020

Maisha (Parte 1 de 2)

Puede parecer extraño, perolo peor que le podía suceder a una esclava es no tener amo. Cuando aún lo tenían estaban condenadas a trabajar y a servir, pero al menos le entregaban algo de comida, ropa y un techo para seguir viviendo. Pero una esclava abandonada seguía siendo considerada basura humana, pero no podía conseguir trabajo, tampoco comida, ni ropa ni siquiera un sitio calenté para dormir. No sé si existe un dios, pero las condiciones de vida para una esclava anciana, repudiada por su amo y abandonada eran lo más parecido al infierno.
Y en estas condiciones estaba Maisha cuando la encontré. Paseaba a caballo para olvidar la muerte de mi adorada esposa cuando la vi. No puedo decir que sintiera pena por ella, tampoco lástima, pero tenía algo extraño que me recordaba a mi querida esposa la noche en que murió. Maisha estaba tumbada boca abajo al borde del camino, extremadamente delgada, sucia, y con las ropas rotas y embarradas. Parecía que estuviera al borde de la muerte con el cuerpo retorcido, en la misma postura en que falleciera mi esposa. Sentí de nuevo la misma desesperación que sentí el día que enterré a Claudia. No podía dejarla así. Bajé del caballo y le di de beber en mi propia cantimplora. Quise ayudarla a levantarse, pero le faltaban las fuerzas, así que yo mismo la cogí entre mis brazos y la acomodé en la silla del caballo. El pobre animal había pertenecido a mi esposa y estaba triste y cansado, así que lo conduje con las riendas hasta llegar a mi chalet, allí le di de comer a Maisha, la vestí con el camisón de Claudia y la acosté en mi cama de matrimonio. Esa noche dormí en el sillón para estar suya por si necesitaba ayuda.
Cuando amaneció la desperté y le serví un poco de fruta con panceta y un huevo frito. Ella los comió con fruición y ojos agradecidos. Tras el desayuno, se encerró en el dormitorio de Claudia y al rato regresó vestida con la ropa de calle de Claudia. Me dijo que se marchaba, que volvería pronto para recompensarme por lo que había hecho por ella.
Y, efectivamente, no tardó mucho en volver, esa misma noche regresó. Me costó reconocerla, porque llevaba la misma ropa de Claudia, pero estaban tan limpias que parecían nuevas, además gozaba de unas fuerzas que hasta ese momento no había demostrado e incluso parecía varios años más joven.
Aunque no la había invitado, me dijo que necesitaba dormir para conseguir la energía necesaria para pagar su deuda. No me atreví a decirle que no. Y se acostó en la misma cama donde años atrás falleciera mi amada esposa.
Cuando desperté al día siguiente acudí a llevarle de nuevo el desayuno, pero se había marchado. No me gustó que se fuera sin decir adiós, estaba empezando a tomarle cariño y deseaba su bienestar. Bajé corriendo las escaleras y salí a la finca que rodea mi chalet. Allí estaba abrazando al viejo olmo seco. Me acerqué a su lado y la vi sonreír mientras estiraba las manos y acariciaba el viejo tronco. “estaba enfermo, pero va se ha curado. Es un árbol fuerte y va a vivir muchas primaveras” me dijo. Ese árbol llevaba seco casi una década, pero ahora le habían brotado algunas hojas nuevas. Maisha me sonrió y pude ver como su piel estaba más lisa, mas tersa y como su sonrisa parecía juvenil. Aisha empezó a caminar por el sendero y admirado observé como la hierba que ella pisaba se enverdecía tras su paso. Incluso olía a flores, aunque aún no habían brotado. Le pedí que no se fuera, que estuviera a mi lado para siempre y me sonrió. Pude ver asombrado que había recuperado todos sus dientes, que su boca era preciosa y ahora parecía casi infantil. “No me marcharé hasta que haya terminado de pagar lo que te debo” me respondió.
Al día siguiente, no fui a despertarla, sabía que ya no estaba en la cama de Claudia. Bajé al huerto y la encontré rodeada de flores que habían brotado esa misma noche, cientos de mariposas volaban a su alrededor y se escuchaba el piar de los pájaros por primera vez esta primavera.

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