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sábado, 15 de febrero de 2020

En la Mente del Bodyhopper (Parte 2 de 2)




Los días fueron pasando, se convirtieron en semanas, las semanas en meses y yo seguía preso en el alma de Artai. Me alimentaba con el dolor ajeno y disfrutaba las delicias del tormento y la dominación. Mi alma se había corrompido por la podredumbre que me rodeaba e iba evolucionando en sentimientos que nunca había sospechado que pudiera tener.
Me resultaba especialmente delicioso el sufrimiento de mi hijita, ya no necesitaba ver a través de los ojos de Artai para saborear su decadencia y su desesperación. Se me despertaron nuevos sentidos, conocí que el placer más absoluto, el único que es puro y el más auténtico se alcanza a través del dolor y la autodestrucción. Era mi única frustración, saber que podía alcanzar la gloría cortándome las venas o bebiendo la sangre de mi hija amada y no podía conseguirlo porque no tenía cuerpo físico, era tan sólo un prisionero en el alma de Artai.
Recuerdo que por primera vez le grité, le pedí ayuda, que se acordara de su prisionero y le concediera un cuerpo humano para mutilarlo.
Y Artai me escuchó. Hubo un momento, en un tiempo indefinido, en el que se iluminó mi prisión inmaterial. Por primera vez pude tener sentimientos propios, pude abrir mis propios y ver como Artai se materializaba dentro de su propia alma. Este demonio era tan poderoso que podía vivir y controlar el infierno que era su alma. Extendió los brazos y cruzó las piernas y flotando como un crucificado se acercó hacia mí. “Sé lo que quieres hijo mío, ven y toma de mí, porque es mi sangre que es derramada por ti” Una gran herida se abrió en su pecho y un gran chorro de sangre manó a grandes borbotones. Me acerqué a él y como si fuéramos dos amantes en celo me agarré a su cuerpo desnudo. Saboreé con mi lengua el sudor de su carne hasta que llegué a su herida y con fruición y deleite bebí su sangre en unos instantes que expandieron mi conciencia y me hicieron sentir como si fuera universal y eterna. “la sangre es la vida, pensé, y ahora voy a vivir de nuevo”
Tanto era el deleite, tan inmenso fue el gozo que de nuevo perdí el control de mis sentidos. No sé cuanto tiempo permanecí sumergido en ese mar de orgasmos inorgánicos, pero de pronto pude sentir el frío suelo bajo mis pies descalzos, la sangre en mis venas y el pelo sudoso sobre mi cuello. Abrí mis ojos y contemplé extasiado la inmensa belleza de mi hija. Ahora yo estaba en su cuerpo y ya no necesitaba alimentarme de su dolor y desesperación porque yo era ella.
Miré mis manos, tan finas y delicadas, tan bellas y tan frágiles que sentí la inmensa necesidad de arrancarme un dedo. Abrí la boca y mordí fuertemente. El dolor fue espantoso, no podía soportarlo. Este no era el paraíso que me había prometido Artai. No había placer en el sufrimiento, solo fracaso y dolor.
Justo en ese instante entró mi viejo cuerpo, el cuerpo en el que yo había nacido, a la habitación y dijo:
“Ven hijita mía haz feliz a tu padre, mientras se bajaba la cremallera del pantalón”
Horrorizada miré mi viejo cuerpo, ya no era el hombre bueno y amante que había sido durante tantos años. Ahora era un ser bestial que se disponía a atormentarme el resto de mi vida. Y a mostrarme que el placer en el sufrimiento sólo existe en el infierno de su alma y yo había sido expulsado de ese paraíso.
Me sonrió sádicamente y pude ver en sus ojos el brillo del alma de Artai.

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