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domingo, 28 de julio de 2019

Tratamiento AntiBodyHopper

Al lado de mi cama, sobre la mesilla de noche, tengo una botellita de agua, un frasco de plástico con pastillas rosadas y un folio de papel en el que yo misma he escrito: “2 pastillas al levantarme, 2 pastillas al acostarme, o quizás no vuelva a dormirme”
Son mis “pastillas antibodyhopper” y hacía años que funcionaban estupendamente. Habían conseguido que no me despertaba con lagunas en la memoria o tumbada en un banco de la calle.
Pero hace una semana que todo cambió. Sentía como una fuerza maligna controlaba mi voluntad. Por medio de unos impulsos extraños me obligaba a hacer cosas que no eran propias de mi personalidad. Insultaba a mi familia, me emborrachaba, quemaba mis cuadernos de estudio y borraba las páginas web en las que colaboraba. Las pastillas habían conseguido que tuviera una vida tranquila y rutinaria hasta que el jueves de la semana pasada desperté y noté que una voluntad superior luchaba por controlar mi fuerza y mi cerebro y decidí investigar lo que había pasado.
Estaba segura que me había vuelto a poseer el mismo bodyhopper que había traumatizado mi infancia. El canalla había vuelto para atormentarme.
Como me había comportado de forma autodestructiva desde que era una niña mi padre había instalado cámaras de vigilancia nocturna en mi habitación. Y tenía archivadas películas de todas las horas de sueño para monitorizar si tomaba mis pastillas a las horas adecuadas. Así que decidí repasar las grabaciones para ver lo que había ocurrido el jueves de la semana pasada cuando todo cambió.
Todo parecía normal, pura rutina, me levantaba a las 5 de la mañana, con los ojos aún cerrados recogía el bote de pastillas, lo abría, y lo vaciaba sobre mi boca. Luego perdía un par de horas navegando por internet, hasta que llegaba la hora de prepararme para ir a la Universidad. Y allí empecé a notar que me comportaba de forma extraña. Normalmente desconectaba las cámaras para ducharme, arreglarme y vestirme. Pero esta vez no lo hice, no me duché, me vestí con ropas que nunca uso, me puse unos incomodísimos tacones y me marché dando un portazo.
¿Qué había pasado? No lo entendía. Repasé de nuevo las grabaciones. Buscaba una sombra, un reflejo en un espejo, un movimiento raro de una cortina, algo que me avisara de la llegada del bodyhopper. Pero no encontré nada.
Quizás las pastillas habían dejado de hacerme efecto. Recogí el frasco y fui a ver al sanador que me las había recetado.
Me recibió con una gran sonrisa, se le veía contento de saludarme. Y me dijo que entrara a su despacho. Así lo hice, Él se sentó en un gran sillón giratorio forrado en negro y me dijo que me sentara en el sofá. Hizo las preguntas habituales: ¿Cómo estaba? ¿Cómo me había sentido desde la última visita?
Le conté la terrible semana que había pasado y le pedí que me recetara otras pastillas o el bodyhopper volvería a robar mi cuerpo y tal me hiciera daño o, peor aún, lastimara a la gente que me quiere.
Le entregué el bote y él analizó la etiqueta, consultó en sus notas y me dijo: “Este bote está vacío, las pastillas se acabaron hace 8 días, el pasado jueves cuando te lo llevaste a la boca ya no tenía nada”
La verdad es que sentí un gran alivio. Las pastillas seguían funcionando para frenar al bodyhopper. Y me bastaría con volver a tomarlas para controlar de nuevo mi vida.
Le pedí que me diera otro frasco de pastillas antibodyhopper.
Me miró compasivamente y me respondió: “No te lo voy a dar” El bodyhopper que está destruyendo tu vida vive en tu cerebro, por eso no puedes verlo, y por ese mismo motivo tampoco puedes expulsarlo. 
Esas pastillas no son mágicas no expulsan entidades sobrenaturales. Son un medicamento que toman millones de personas en todo el Mundo. Yo no soy un médico espiritual, yo soy tu psiquiatra. Y tú no estás poseída, tú estás enferma y yo prometo que te voy a curar si sigues tomado estas pastillas” Me dijo, mientras me acercaba una lupa para que leyera las diminutas letras que había escritas en la etiqueta del frasco.
Con dificultad leí: “Haldol, medicamento antisicótico, usar únicamente bajo prescripción médica y no cesar el tratamiento prescrito o podrían volverse a producir los brotes siquiátricos”
Ahora entendía en qué consistía mi lucha contra el bodyhopper.
Saqué dos pastillas del bote y me las tragué.
Desde entonces estoy mucho mejor, duermo más y ahora vuelvo a abrir mi blog, y no lo voy a cerrar hasta que el bodyhopper me vuelva a atacar.

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