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jueves, 4 de julio de 2019

Guerra entre Ángeles y Demonios

Esta era la noche que tanto había esperado. La noche en que las fuerzas demoniacas tienen el poder suficiente para luchar contra los ángeles del cielo y vencerles. Y era la noche en la que sabía que tendría que pelear con Lorena por mi alma y por el dominio del planeta.
Empezaba a apestar a carne muerta, el viento se había parado y la noche parecía tan silenciosa como la tumba de la que debería salir Lorena. Sentí como se erizaba el vello en mi cuerpo y saqué la espada. La única forma de matarla era cortarle la cabeza.
Me di cuenta que la luz de la Luna había cambiado de color, ahora era del color de la sangre. Ya no había dudas de que Lorena había vuelto de entre los muertos y que me iba a buscar.
Con el dorso de la mano me sequé el sudor y temblorosamente cargué la pistola con balas de plata. Ojalá fueran lo suficientemente poderosas para aturdirla y pudieran concederme el tiempo necesario para cortarle el cuello.
Escuché pasos que bajaban por la torre de la Iglesia. Lorena se había librado de su tumba en terreno sagrado y ahora iba a por mí.
Iba a ser una lucha a vida o muerte. Los pasos cesaron de bajar escalones y escuché como chirriaba la puerta de la torre mientras se abría. Y la noche volvía a sonar, pareciera como si todas las criaturas inmundas del callejón estuvieran saludando a su dueña. Pero no era el ruido mas repugnante. Desde el final del callejón se escuchaba el reptar baboso e inmundo de un cuerpo demoniaco.
Allí estaba enfrente de mí. El asqueroso cuerpo demoniaco de Lorena. Me hubiera dado pena y tal hubiera sentido compasión si no estuviera allí para matarlo.
Poco a poco se fue acercando. Ya le podía ver los ojos. Tan rojos como las llamas del infierno. Preparé la espada para cortarle la cabeza y devolverla para siempre a la tumba de la que nunca debió salir.
Entonces y haciendo un gran esfuerzo me habló.
“Maldito demonio, has mancillado la obra de Dios robando mi cuerpo”
No lo pensé un segundo, le disparé dos tiros en la frente. Ese cuerpo repugnante se quedó paralizado, mientras la plata se disolvía en la carne demoniaca. Blandí la espada con mis dos manos y le corté la cabeza que rodó entre los tacones de mis botas. Ahora este cuerpo que había sido del ángel Lorena y que había luchado por la luz era mío para siempre y podría usarlo para que las tinieblas se extendieran en este maldito planeta.

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