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domingo, 14 de julio de 2019

Amor Prohibido

Han pasado más de 60 años de aquel beso de puro amor. De ese momento de puro deseo y frustración que cambió para siempre mi vida.
Tengo que decir que siempre había amado a Hanna, que hubiera dado mi vida por ella. Pero no fue lo que pasó. Otro tipo de magia mucho más antigua y poderosa iba a cambiar nuestras vidas y nuestros destinos para siempre. Porque yo soy un hombre negro y la racista sociedad londinense no podía permitir que me casara con la hija de un Lord. Pero ella me amaba y se le iluminaron los ojos cuando le pedí que fuera mi esposa. Recuerdo que me cogió las manos y sonriendo me dijo que “los dioses primarios bendicen nuestra unión, que Sucellus y Epona usarán todo su poder para que estemos juntos por los siglos de los siglos” Miré sus preciosos ojos verdes y por un instante pude ver la chispa de la magia celta que brillaba en ellos. Pensé la respuesta por unos segundos y le dije: “Ghedé está contento y ha soplado su aliento a mis pulmones y los -loas- empujan mis manos para agarrar las tuyas. Mis dioses y los espíritus de mis antepasados desean nuestra unión en cuerpo y alma”
Pero los humanos no respetan ni a los dioses primigenios, ni a los nuevos, tampoco respetan el deseo de los antepasados y sólo atienden a sus propios intereses mezquinos y miserables. Por eso nos separaron. El mismo día en que se debía celebrar nuestra boda me obligaron a subir a un tren que debía separarme de Hanna, llevándome a tierras extrañas y lejanas. Querían separarnos de nuestro destino y de los deseos de nuestros dioses. Los humanos se creen que pueden forzar la naturaleza a su voluntad y se equivocan. Sólo somos muñecos con los que juegan los dioses y no iban a permitir que el egoísmo humano truncara sus deseos. Cuando el tren arrancó sentí como fuerzas primigenias se adueñaban de mi cuerpo y lo arrastraban hacia la ventanilla del tren. No quería luchar contra ellas, aunque sabía que tampoco hubiera podido. Abrí el cristal de la ventana y pude ver Como Hanna corría a mi encuentro. Sus ojos eran mas verdes que nunca, brillaban con la fuerza de sus dioses primarios y supe que tampoco era capaz de controlar su cuerpo. Se puso de puntillas sobre sus zapatitos y me obligó a asomar mi cuerpo por la ventanilla. Agarré su cabeza, ella se aferró a la mía y nos dimos el beso más intenso desde hacía 2000 años. Noté como su fuerza vital corría por su saliva y entraba por mi garganta, mientras que mi espíritu gozaba en la felicidad de llenar sus pulmones. De pronto, todo terminó. El tren aceleró y vi como mi cuerpo se alejaba dentro del tren. Se había cumplido la voluntad de los dioses, de los suyos y de los míos. Hanna y yo éramos un sólo cuerpo y una única alma. Allí estaba yo, dentro del cuerpo de Hanna, en pie sobre sus tacones, sintiendo como el poder de los dioses corría por las venas de mi nuevo cuerpo. Era el poder de los bodyhopper y ahora lo controlaba yo para poder vengarme de los que subieron mi antiguo cuerpo al tren y de los que se oponen a que el amor una los cuerpos por siempre y para siempre. Para eso me habían creado los dioses, para eso habían convertido en el primer bodyhopper.

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