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martes, 11 de junio de 2019

El Implante Cerebral (parte 1 de 4)





Cuando pensé en hacer esta caption creí tener una buena idea para desarrollar. Pero se requería demasiado espacio para implantarla en texto. Cuando terminé de escribir eran mas de 14 folios. Evidéntemente no podía hacer una serie de 14 captions, así que me puse a trabajar en reducirla para dejarla en 4. Se han perdido muchos detalles y quizás haya resumido demasiado, pero al final ha quedado una de las captions mas oscuras que nuca haya escrito.Ojalá os guste.

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Ahora que llegaba al final de mi vida tenía la sensación de que mi vida había sido un fracaso. Nunca había hecho lo que me hubiera gustado hacer, tampoco había sido la persona que me hubiera gustado ser. Había desperdiciado mi vida trabajando y después de tantos años de sacrificio sólo tenía dinero. Y ahora al borde de los 70 años me sentía cansado y con la sensación de haber perdido el tiempo. Pero estaba ilusionado, la tecnología podía darme una nueva oportunidad, tenía la ocasión de empezar de nuevo, de hacer lo que me apeteciera y de ser quien siempre quise ser.
Soy un hombre de negocios y mi fortuna la había hecho comprando los activos de empresas en quiebra, reactivándolos y haciéndolos a funcionar para mi propio beneficio. Y eso era lo que iba a hacer ahora. Iba a comprar los activos de una familia en quiebra para mi propio beneficio. Durante meses investigué entre el lumpen de los barrios más bajos de la región buscando a la persona adecuada para el negocio. No tenía prisa, la buena elección era básica para mi bienestar futuro. Y por fin encontré lo que buscaba en una familia de emigrantes de la Europa del este. Vivían en una cabaña en las afueras de la ciudad. Pero tenían las características físicas que tanto deseaba, eran rubios, altos, fuertes, de una belleza física impresionante y además parecían poseer una gran capacidad cerebral. Investigué sus recursos económicos y descubrí que el único que aportaba era el cabeza de familia.  Así que compré la empresa en la que trabajaba el padre. Dos días después lo despedí y presenté una demanda por robo para manchar su historial y que no encontrara trabajo en ninguna otra parte. Tan sólo tuve que esperar dos meses para que su situación financiera se hiciera crítica y entonces visité a la familia.
Cuando llegué sabía que iban a aceptar mi oferta. No tenían otra opción. Era evidente la desesperación. Les habían cortado la luz y el agua e incluso se les notaba el hambre que estaban pasando. Me senté cómodamente en el único sillón de la casa y con ellos en pie les hice una oferta que no podían rechazar. “Os ofrezco 1 millón de euros a cambio de que renunciéis a la patria potestad de vuestra hija Magda y me la deis en adopción.” En sus ojos pude ver la rabia y el odio, pero también la derrota. No necesitaba escuchar su respuesta, sabía que iban a aceptar.
Había escogido a Magda por su incomparable belleza, era una jovencita de 14 años con una larga melena rubia y unos ojos azules enormes. Yo la iba a convertir en mi hija adoptiva y mi única heredera. Aún recuerdo la cara de asombro de Magda cuando entró en mi mansión y le dije que a partir de ahora iba a vivir allí. Le presenté al servicio y le enseñé su nuevo dormitorio. Con la boca abierta lo miraba todo entusiasmada y no paraba de repetir: ¿Aquí voy a vivir yo? Sin duda eran los momentos más felices de su vida.
Al día siguiente completé la adopción en el registro. Magda era oficialmente hija mía. Me encantaba su presencia y le permití que disfrutara de su nueva vida durante una semana más antes de poner en marcha mis planes. Mientras yo preparaba los aparatos necesarios para realizar la transferencia y acolchaba una habitación que había excavado en el suelo del sótano de 4 metros cuadrados que oculté de tal forma que nadie pudiera nunca encontrarla, ni aún sabiendo donde estaba escondida La doté de una rampa e instalé un sistema de apertura únicamente desde el exterior.
Justamente una semana después desperté temprano a Magda y la llevé al sótano donde había instalado los aparatos. Cuando ella entró pareció asustarse, había decenas de máquinas y cientos de metros de cables y unos señores con batas blancas que la condujeron a una mesa de quirófano. La tumbaron en ella y amablemente me indicaron que me acostara en la otra que estaba justo al lado. Antes de que me durmieran di las últimas instrucciones a los empleados y después permití que me anestesiaran. Estuve durmiendo casi 8 horas y permanecí 4 horas más en recuperación. Cuando pude levantarme observé en el espejo una gran cicatriz en mi cráneo y pude palpar debajo de mi cabello el receptor intracraneal que me habían implantado. Satisfecho marché a una pequeña salita donde estaba sentada Magda con su cabeza conectada por cientos de cables a un gran ordenador que era manejado por el informático que había contratado para este trabajo.

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