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jueves, 13 de junio de 2019

El Implante Cerebral (4 de 4)


Todo era perfecto hasta que llegó el día esperado, el día de mi decimoctavo cumpleaños. El día de mi mayoría de edad y cuando el cuerpo en el que nació Magda podría manejar legalmente las riquezas de mi antigua vida. Recuerdo que ese mismo día había tenido mi primer día de clases en la facultad de derecho y volvía a casa cuando sentí que no podía conectar con Magda en mi cuerpo.
Asustada le pedí al chofer que acelerara. Estaba a punto de establecerme de forma definitiva en la vida de Magda, pero necesitaba un par de horas en mi antiguo cuerpo para finalizar la donación de todas mis propiedades a mi nueva personalidad y no podía permitir que Magda lastimara mi viejo cuerpo o que consiguiera escapar de la celda acolchada. Cuando llegué a la mansión bajé al sótano y corrí hasta el monitor de la habitación acolchada y observé como Magda estaba derrumbada en el suelo. Era la misma posición en la que solía dormir, pero esta vez no parecía que estuviera durmiendo. Mas bien parecía que estaba desmayada o, lo más probable, que se tratara de una trampa para fastidiar mi cumpleaños. No podía abrir la celda y que resultara una treta y escapara, así que me concentré en ordenar a sus ondas rem que activaran el sueño profundo. Con ello me aseguraba que no pudiera engañarme y tampoco resistirse. Así que abrí la celda y me acerqué a ella. Estuve palpando mi antiguo cuerpo, pero no se movía, le busqué el pulso, pero no lo encontré. Debía avisar a la servidumbre para que llamaran a un médico y lo hicieran rápido. Pero no podía hacerlo en el cuerpo de Magda, así que saqué mi vieja carcasa en la silla de ruedas y me encerré en la habitación acolchada. Allí recité las palabras para el cambio de cuerpo, pero nada sucedió. Volví a repetirlas, pero seguía sin suceder nada. Intenté abrir la puerta para salir, pero no pude, sólo se desbloqueaba desde fuera y era inútil intentarlo porque Magda había hecho todo lo posible para abrirla durante años y no lo había conseguido.
No entendía lo que pasaba. Hasta que intuí lo que había ocurrido. Magda no estaba desmayada, ni dormida, tampoco estaba intentando engañarme. Magda había muerto en mi cuerpo. Por eso yo no podía retornar, el cerebro de mi antiguo cuerpo estaba muerto y ya no respondía a las órdenes del implante de mi cráneo.
Sin embargo, el emisor en mi antiguo cuerpo seguía activo y emitiendo señales que eran captadas por el receptor en mi nuevo cuerpo. Mis ojos se nublaron y no pude ver nada, porque los ojos del cadáver se habían opacado, tampoco escuchaba. Pero sentía como mi cuerpo se encogía con el frío de la muerte. Las sensaciones eran horrorosas, estaba notando como se pudrían mis carnes y aún estaba vida. Intenté apagar el implante, pero no pude. En el emisor no había ondas cerebrales activas que pudiera manipular para causar la desconexión. Y seguía emitiendo sensaciones de podedumbre y corrupción. Me senté en cuclillas en un rincón de la sala acolchada y empecé gritar socorro, aunque sabía que nadie podía escucharme y nadie podría encontrar donde había escondido esta sala.
Así estuve durante varios días, pero el implante en mi antiguo cuerpo muerto seguía emitiendo. Y yo seguía notando como se licuaban mis carnes y se desprendía las venas de mis huesos. Hasta que empecé a sentir como los gusanos corrían por mi cuerpo y se alimentaban de mí. La sensación era insufrible pero no podía hacer nada, estaba enterrada en una celda de 4x4 metros.
No podía soportar lo que me estaba pasando y rezaba para que me llegar pronto la muerte. No me importaba que mi alma acabara en el infierno, sólo quería que terminara este tormento.
Dicen que un cuerpo humano puede sobrevivir hasta 5 días sin beber agua, yo aguanté hasta 7
Y al mismo tiempo que sentía el mordisco de las ratas en mi antiguo cuerpo empecé a sufrir ía agonía por sed y hambre del cuerpo de Magda. Pero aunque mi cerebro se estuviera pudriendo, mi conciencia seguía viviendo en el implante. En pocas semanas terminaron las sensaciones de descomposición para quedar tan sólo la nada mas absoluta, era tan grande la soledad que echaba de menos a los gusanos y a las ratas que se habían comido mi cara. Porque yo no podía morir mientras existiera el chip del implante.
Entonces recordé lo que me dijo el informático: “La pila de plutonio está preparada para durar 10000 años” Hubiera querido gritar, pero ya no tenía garganta, ni cuerdas vocales. Tampoco tenía cuerpo. Solo un chip, que una vez fue un implante y que me iba a mantener conectada a la nada más absoluta durante al menos 10000 años.

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