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jueves, 30 de mayo de 2019

Un Momento de Felicidad Eterna

Eran los mejores momentos de mi vida. Después de años de planificación y preparaciones por fin me iba a vengar. Estaba gozando de cada segundo, de la agonía de mis enemigos en esos instantes. No recordaba un solo momento más feliz y más pleno en toda mi vida que cuando Marta apoyó su pie derecho en la baranda de la azotea y miró al vacío bajo sus pies.
Podía escuchar las quejas de su marido, el idiota de Claudio que se había hecho millonario desbalijado a mi empresa y a mi familia. Ese tipo que me hizo llorar cuando me anunció que estaba arruinado y que ahora lloraba también viendo como Marta se iba a lanzar desde el balcón de mi antiguo despacho. El cabrón aprovechó mi bancarrota para quedarse con mi empresa y quitarme el amor de Marta y casarse con ella. Me hizo mucho daño, pero ahora se lo estaba devolviendo todo.
También escuchaba los quejidos lastimeros de Fran, un niño precioso que debería haber sido mi hijo. La viva presencia de la injusticia que me habían hecho. Cada vez que le veía la cara sufría de la vergüenza de lo que debería haber sido y no pudo ser, ese niño debería haberme llamado “papá” y no al impresentable de Claudio. Me alegraba que cuando creciera no tuviera que soportar a una madre injusta y traicionera como Marta.
De todos ellos, al que mas odiaba y al único que no escuchaba era al padre de Marta. El viejo se había desmayado cuando supo lo que su hija iba a hacer. Esa rata no había podido soportar ni la tensión, ni el dolor de ver como su hija saltaba al vacío. Me alegraba que hubiera perdido el conocimiento. Si lo tuviera en esos instantes, seguramente, moriría allí mismo de un ataque al corazón. Y yo quería que viviera, que recordara que él fue el que impidió mi matrimonio con Marta y quien animó a Claudio a arruinarme. Le quedaban muchos años de remordimientos sabiendo que él fue la causa del suicidio de Marta.
Entre la gente que odiaba y que estaba presente en mi despacho, a la única que había amado era a Marta. Y era la que mas daño me había hecho, porque sabía que yo la deseaba con toda mi alma. Que podría soportar la ruina y la destrucción de mi empresa, pero que nunca podría vivir sin que ella estuviera a mi lado. Y no le importó. Cinco años atrás, el día que Claudio anunciaba la expropiación de mi empresa, me reuní con Marta en la décima planta, en el despacho que acababa de robarme Claudio. Me puse de rodillas y le pedí que no me abandonara que lo tenía todo arreglado para que nos casáramos en la Iglesia e iniciar una nueva vida juntos. Pero se río de mi dolor y me dijo que se iba a casar con Claudio, que estaba embarazada de él y que su padre había bendecido esa unión.  No pude soportar las lágrimas y me lancé desde el balcón. Mi cuerpo reventó al estrellarse contra el suelo y mi espíritu se convirtió en un fantasma prisionero para toda la eternidad en ese edificio donde me había suicidado, condenado a lanzarme una y otra vez al vacío desde el balcón de mi despacho en pago por el pecado de quitarme la vida.
Había esperado durante años que llegara el momento de mi venganza. Que se reunieran todas las piezas que habían causado mi desolación. Hasta que, por fin, hoy mismo aconteció esa bendita casualidad. En mi antiguo despacho, en la oficina que me robó Claudio, se habían reunido Marta, su marido, su padre y su hijo. No tenía mucho tiempo. Como todos los fantasmas condenados solo podía materializarme en el mundo de los vivos durante unos instantes para lanzarme por el balcón. Pero esta vez me materialicé dentro del cuerpo de Marta. Por unos segundos podía controlar su voluntad y su cuerpo. Y los aproveché. A gritos les dije a sus compañeros que iba a lanzarme por el balcón en pago por los daños que había causado. Con un placer inmenso escuché como el padre de Marta se derrumbaba en el suelo, como lloraba su hijo y como me suplicaba Claudia. ¡¡Qué inmenso placer!! ¡¡Qué alegría!! Y sin dudarlo un momento apoyé un pie en la barandilla del balcón y salté al vacío dentro del cuerpo de Marta. Ella iba a morir en el mismo sitio en el que yo morí, y de la misma forma, se convertiría en fantasma idéntico a mí y estaría condenada a una eternidad presa en ese edificio. A una eternidad para cumplir la promesa que nunca me hizo en la Iglesia, ni en la boda que nunca tuvimos y que ahora repetiremos una y otra vez hasta el final de los tiempos.


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