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domingo, 12 de mayo de 2019

La Chica Sentada en la Vía del Tren

No sabía cómo había llegado y porqué estaba paseando junto a la estación, pero allí estaba cuando la vi sentada en la vía del tren. Era muy joven y muy guapa, aunque parecía triste y sola. Entonces escuché el atronador sonido del tren acercándose. Todo el mundo se apartaba, y ella seguía sentada en la vía. No podía creer que no lo escuchara, pero el tren cada vez estaba más cerca y ella seguí sentada en la vía, sin moverse. Grité que se quitara de allí, que el tren iba a atropellarla. Pero ella seguía sin moverse, me miró y sonrió.
Tenía que ayudarla, tenía que sacarla de allí. Intenté correr hacia ella, pero me pesaban mucho las piernas, me costaba trabajo moverlas. Nunca me había sentido tan torpe. Miré hacia abajo y vi como mis zapatos estaban pegados al suelo. Me costaba mucho arrancarlos del barro que me llegaba hasta las rodillas, para dar un paso y volver a hundirme en el suelo. Y el tren cada vez estaba más cerca, iba más rápido y la chica seguía sentada en la vía sonriendo.
Vi el humo de la chimenea del tren y pensé que hacía años que no circulaban trenes de vapor por esta región. Y en ese momento me percaté de algo todavía más raro. Todo lo que me rodeaba, la estación, las vías, el tren, hasta la misma chica carecían de color, todo era en blanco y negro, como si yo hubiera fallecido o estuviera contemplando el mundo de los muertos.
O tal vez estaba dormido. Debía ser un sueño de frustraciones, de deseos no cumplidos. Por eso corría y no podía alcanzar mi objetivo. Esa muchacha sentada en la vía debía ser mi mayor deseo, mi sueño no realizado e iba a ser atropellado por el tren que era la metáfora de  mis deseos insatisfechos.
Sabía cómo acabar con mis frustraciones. Acababa de descubrir que estaba dormido, pero tenía que intentar dormir dentro de mi sueño. Cerré los ojos y me relajé. Sentía el viento en mi cara y como mis piernas se hundían aún más en el barro, que me fue engullendo poco a poco hasta que desaparecí dentro de él. Continué relajándome. Me sentía bien, estaba a gusto.
De pronto sentí en mi cuerpo el frío del metal en el que estaba sentado, zapatos de tacón en mis pies y escuché el pitido del tren que estaba muy cerca de atropellarme.
Tenía que despertarme o moriría cuando el tren me arrollara. Me pellizqué y sentí dolor. Me estaba despertando, el dolor era físico, no era imaginario.
Abrí los ojos y vi que el mundo ya no era en blanco y negro estaba repleto de colores, y sensaciones. Había despertado, estaba sentado en un raíl de la vía y un tren estaba a punto de atropellarme. Alguien en la estación corría hacia mi mientras gritaba que me quitara de allí.
Me levanté y retrocedí tres pasos hacia atrás. El tren pasó a mi lado y el aire que levantó revolvió mi pelo rubio y me hizo temblar sobre mis zapatos. Allí me quedé parado hasta verlo perderse en la lejanía, como si hubiera sido un mal sueño.
Entonces noté un roce en la mano, giré la cabeza y vi a mi antiguo cuerpo que me preguntaba si me encontraba bien, que no merecía la pena el suicidio, que la vida es maravillosa. Le sonreí y le pregunté porqué estaba allí, que si sabía que había pasado. Parecía desorientado y me dijo que era extraño, que no recordaba haber llegado a la estación, ni siquiera recordaba haber ido a pasear, pero que se alegraba de estar allí en ese momento porque me había salvado la vida.
Le acaricié la cara y le dije que me había dado una vida nueva, que a partir de ahora iba a ser feliz y que sería una persona completamente diferente a la que era antes.
Entonces, él sonrió, me imagino que no entendía lo que le estaba contando, pero seguramente un sueño olvidado le hacía sentirse feliz.

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