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domingo, 12 de mayo de 2019

Escuchando los Sonidos de Dios

 
La gente pensaba que estaba loco porque oía voces que nadie más podía escuchar.  Pero yo no estaba loco, eran ellos los que estaban sordos. Porque el silencio no existe Para mi. Cuando la gente se lleva la mano al oído intentando oír susurros, yo escucho el sonido de mi corazón, el correr de la sangre en mis venas y cuando me concentro aún más puedo escuchar cómo piensan que estoy loco.
Esta mañana me despertó un gran tumulto, era el ruido del viento que entraba en mi habitación, que me gritaba que despertara, que era mí día, Fui a cerrar la ventana y los árboles me contaban que iba a suceder algo maravilloso. Las flores y el césped del jardín cantaban que este no era mi sitio, que debía ir a lo más alto para liberar mi alma. Así que subí al tejado. El estruendo de las voces del aire, del sol, de las nubes era inmenso. Todas me decían que se iba a hacer justicia. Que a partir de hoy nada volvería a ser igual, porque yo IBA A VOLAR. Me senté tranquilamente entre las tejas y dejé que la música de la naturaleza me arrastrara con ella. Esta vez no escuché, pero sentí la voz de un ángel que susurraba que me dejara llevar, que mi voluntad era más fuerte que la materia. Y que no debía acatar las leyes materiales de la naturaleza. En ese momento me sentí flotar, noté que mi alma abandonaba mi cuerpo. No existían ni las reglas ni las leyes de la materia. Podía moverme en el espacio y en las dimensiones sin preocuparme del tiempo. Nunca me había sentido mejor, y supe lo que es la verdadera libertad.
Entonces la voz del ángel me dijo: “Los humanos son incapaces de comprender que están hechos a imagen de Dios y, por tanto, ellos también son Dios.”
Sabía lo que significaba eso, con mi simple voluntad podía cambiar mi realidad física y material. Podía mejorar mi vida y mi entorno. Podía ser quien quisiera y como quisiera. Noté que mi alma descendía de vuelta a mi cuerpo y mientras bajaba me acordé de que era un hombre viejo que nunca había sido atractivo, que tenía problemas de corazón y que todos me despreciaban y me llamaban loco. No quería vivir así, estaba hecho a imagen de Dios y podía cambiar mi realidad. Quería tener menos de 18 años de nuevo, deseé comenzar mi nueva vida como mujer, ser muy guapa y sexy. Tener un cuerpo sano y atlético, y disfrutar de una mente brillante y una cuenta bancaria repleta de millones.
Lentamente regresé a mi cuerpo, pero toda mi realidad había cambiado, mi alma se adueñó del cuerpo de una muchacha. Era un cuerpo repleto de energía y fuerza. Tampoco estaba mi barrio, ni el tejado de mi casa. Esta era la mansión del hombre más rico de la ciudad y yo era su única hija y heredera. Con mi nuevo cerebro calculé la fortuna familiar y determiné las formas más rentables de inversión para duplicar mi fortuna monetaria.
Con mis piernas atléticas bajé de dos en dos los grandes escalones de la azotea, entonces me di cuenta de algo. Ya no me hablaba el viento, los árboles estaban callados, las flores se habían convertido en adornos. Era incapaz de oír mis pisadas en las tejas porque estaba pensando en inversiones y en dinero.
Sentí un escalofrío por la espalda. Ya no me iban a llamar loco, nunca más se volverían a burlar de mí. Ahora se pelearían por estar a mi lado, saludarme y mostrar sonrisas fingidas cuando estuvieran a mi lado.
Ya no escuchaba el canto del sol o el balanceo de las mariposas al volar. Ya no era especial, ya no era como Dios.
Me senté en el tejado y lloré por todo lo que había perdido.

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