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sábado, 25 de mayo de 2019

El Taxi y el Paralítico (1 de 2)

Ahora tenía que volver a aprender a caminar.
- A ver, primero una pierna, me apoyo en ella y muevo la otra para adelante.
No es fácil volver a andar cuando llevas más de 40 años paralítico. Hace 40 años que mi hermana estrelló el auto contra un taxi conmigo de copiloto. Sorprendentemente a ella no le pasó nada, pero a mí tuvieron que amputarme las dos piernas.
Era mi hermana y la hubiera perdonado, pero ese día estaba borracha y me subió al coche a la fuerza, yo era un niño y no pude resistirme.
Mi vida se convirtió en un infierno desde entonces. Vivía en un segundo piso sin ascensor y casi no podía salir de casa. Prácticamente no tenía relaciones sociales porque ninguna chica quería conocer a un paralítico. Y sólo me atrevía bajar la escalera de casa agarrándome a la barandilla y arrastrando la silla de ruedas para pedir un taxi que me llevara a mi trabajo como vendedor de periódicos en un quiosco al otro lado de la ciudad.
Pero el lunes de la semana pasada todo cambió. Me había cansado más que nunca bajando las escaleras y la silla de ruedas parecía destrozada porque se me había escapado y había rodado por las escaleras Me sentía incapaz de arreglarla e incapaz también de subir las escaleras para volver a mi piso, me senté en el último peldaño de las escaleras y empecé a llorar desconsolado. Desesperado le pedía a Dios que me matara y que terminara con mi sufrimiento. Pero, aunque no me había dado cuenta en esos momentos de desesperación, algo había cambiado. Un taxi al que yo no había llamado paró ante la puerta de mi edificio, bajó el conductor y me dijo que no me preocupara, que él iba a ayudarme a subir al taxi, que me llevaría al Quiosco y que él se encargaría a partir de entonces de mi silla de ruedas. Le miré a la cara esperando ver a un ángel enviado por Dios, pero no lo parecía, era un tipo gordo y calvo con la camisa mojada por el sudor y apestando a las albóndigas con cebolla que acababa de comerse. No me importó, no recuerdo haber estado más agradecido a nadie
Como prometió, me ayudó a subir al taxi, e hizo el trayecto que yo siempre hacía, pero por alguna extraña razón iba mucho más lento que el resto de taxistas, como si quisiera que el viaje durara mucho más de lo normal. Por fin llegamos al destino y le pedí ayuda para descender del coche mientras le daba la propina más generosa que nunca había entregado. Me dijo que no iba a hacer falta que bajara y que deseaba que tuviera un buen día mientras recogía mi dinero. De repente el mundo giró, me sentí desorientado y por unos segundos se me oscureció la visión. Cuando la recuperé me encontré en el cuerpo del conductor. No entendía lo que había pasado, pero miré a mi antiguo cuerpo que había salido del taxi y torpemente sacaba la silla de ruedas del maletero del auto. Entonces me dijo:: “Considera esto como el mayor favor de tu vida, yo era el conductor del taxi con el que se estrelló tu hermana cuando te quedaste paralítico. Ahora estamos en paz”

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