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lunes, 13 de mayo de 2019

Consiguiendo lo que Mas se Desea

Él continuaba interpretando la misma patochada, el mismo teatro ridículo y lastimero. Me besaba la mano y me prometía que todo había acabado, que nunca volvería a tener miedo y que siempre estaría a mi lado. El maldito canalla lo tenía todo controlado.
Tres horas antes Tomás volvió a aparecer en mi vida. Me encontró en el mercado de la ciudad y no tuvo problemas en ponerse de rodillas delante de mía, coger mi mano, besarla y pedirme que volviera a ser suya. Me dijo que me amaba más que nunca, que me necesitaba y que era la mujer de su vida.
Le respondí que yo era una mujer casada, que era muy feliz en mi matrimonio y que jamás dejaría a Eduardo. No le gustó mi respuesta, hizo una mueca de rabia y me apretó la mano hasta hacerme gritar. Eduardo me escuchó y apareció corriendo, agarró con una mano el cuello de Tomás y le dio un gran puñetazo en la cara con la otra. Tomás cayó rodando por el suelo, se levantó con sangre en la boca y lágrimas en los ojos. Era muy bajo, de una estatura ridícula comparado con Eduardo, por eso no se atrevió a mirarle a los ojos cuando susurró que lo iba a matar y que yo sería suya antes o después. Intentó escapar trastabillándose al correr y Eduardo lo persiguió. Doblaron la esquina y pude escuché como luchaban y se golpeaban. Segundos después volvió Eduardo con una sonrisa de satisfacción en el rostro, recogió las bolsas de la compra y me ordenó que subiera al coche. Todo parecía normal, hasta que Eduardo se subió al asiento del conductor. Era increíble porque Eduardo no sabía conducir. Ese hombre no era Eduardo, era Tomás que se había hecho dueño del cuerpo de mi esposo. Esa evidencia me produjo asombro y luego una ira irreprimible. Quería matarlo, necesitaba matarlo y sabía cómo. Guardaba un pequeño puñal para defensa en el bolso, iba a cogerlo y a clavárselo en el corazón. Introduje la mano en el bolso, tanteé buscándolo, pero antes de que lo encontrara Tomás me agarró la mano, la acercó a su cara, me la besó y me dijo que “me necesitaba y que era el amor de su vida”. Yo entendía cómo Tomás había conseguido cambiar de cuerpo con Eduardo, pero sabía que quería matarlo.
“Hace días descubrí que soy un “Cambiador de Cuerpos”, puedo cambiar de cuerpo con otra persona. Y como siempre te he deseado, para poder acercarme a ti decidí robar el cuerpo a la persona que fuera tu marido. Ahora soy Eduardo y tú eres mi esposa” me dijo con una voz fría “Y me debes amor, lealtad y respeto hasta que la muerte nos separe” me volvió a coger la mano y la volvió a besar.
Solté mi mano de sus garras y mirándolo fijamente a los ojos para que no se diera cuenta como buscaba dentro del bolso le dije: “Nunca conseguirás que yo te ame, no amaré a un hombre que mató a mi marido, no seré fiel a un hombre al que odio, no respetaré al hombre que se puso de rodillas para suplicarme… Y no seré la esposa del hombre al que voy a matar “Y le clavé la daga en el corazón, una, dos, tres veces. Su sangre corría por mi brazo y era caliente y viscosa. “Ahora he vengado a Eduardo y jamás seré tú esposa”
Aunque estaba moribundo seguía sonriendo, casi no le quedaban fuerzas para hablar, pero me dijo: “¿Y qué te hace pensar que yo quería ser tu marido? Sólo quería el cuerpo de Eduardo para estar a tu lado. Y eso lo he conseguido. Sólo así podría robar el cuerpo que tanto deseo. ¡¡¡TÚ CUERPO!!!
Vi cómo se le giraban los ojos y el bello de la piel se le erizaba. Fue lo último que pude ver porque durante unos segundos me quedé ciega. Antes de recuperar la vista noté un gran dolor en el pecho, sentí como mi sangre saltaba por varios agujeros y pude ver cómo estropeaba mi precioso vestido celeste. Tomás recogió con delicadeza mi mano ensangrentada, la llevo a su boca y la volvió a besar. Pude ver como el carmín de los labios de mi antiguo cuerpo dejaban una huella rosada en mi mano moribunda. Sentí que de nuevo perdía la vista, que estaba muriendo cuando, y entonces escuché abrirse la puerta del copiloto y el repiqueteo de unos zapatos de tacón alejándose

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