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lunes, 6 de mayo de 2019

Claudia, la Venganza

Encendí un cigarrillo y me quedé mirando esa criatura semihumana que torpemente se movía reptando hacia mí. Un ser aborrecible, blanquecino y huesudo que era incapaz de mantenerse en pie.  Se arrastraba con los brazos mientras dejaba una estela purulenta y apestosa de carne en putrefacción por las losas del suelo que rozaban su piel.
No pude resistir más. Tomé la botella de Vodka y se la derramé entera por encima. Me miraba con ojos ensangrentados mientras intentaba balbucear algo que no llegué a entender.
Esa criatura había sido Claudia sólo unos minutos antes. La mujer más guapa y sexy que había visto. Desde que la conocí había soñado con ella. Era una chiquilla maravillosa, siempre sonriendo, siempre alegre. Yo necesitaba estar a su lado, coger su mano, decirle que la amaba. Yo Sabía que era capaz de cualquier cosa por estar con ella.
Dudaba que algún día tuviera fuerzas para decirle cuanto la necesitaba, que la quería con toda mi alma y que no podría vivir si me rechazaba. Pero lo hice, me puse de rodillas ante ella, cogí su mano y le dije que la amaba más que a mi propia vida.
Y me rechazó.
Sentí como si el aire se volviera barro en mis pulmones, torpemente me levanté, le pegué una patada a los cristales de la ventana y salté desde el séptimo piso. Cuando me estrellé contra el suelo noté como se rompían mis huesos y explotaban mis pulmones y mi corazón. Pero no sentí dolor. Era una nube blanquecina que flotaba en el aire a un metro sobre mi cuerpo destrozado. Yo no sabía bien que había pasado, pero sí que sabía lo que hacer. Con un simple pensamiento empecé a volar hacia lo alto del edificio. Entré por la ventana rota y supe que allá estaba a Claudia riéndose de mi desgracia.
Yo no podía perdonarla. Con tan sólo desearlo, la nube blanca que era mi alma entró en su cuerpo. Allí había un ser repugnante que vivía dentro del maravilloso cuerpo de Claudia. La golpeé, le di patadas y la empujé hasta que conseguí echarla fuera del cuerpo de mi amada Claudia. Nada más expulsarla noté como mi espíritu rellenaba la carcasa vacía que era el cuerpo de Claudia. De nuevo pude ver al ser inmundo y lo hacía con los ojos de Claudia, pude andar hacia el ser inmundo lo hacía con las piernas de Claudia, pude mover las manos, y movía las manos de Claudia, así que  cogí un cigarrillos con los dedos de Claudia. Lo encendí, Vacié una botella de Vodka encima de la criatura repugnante y tiré el cigarrillo encendido encima del ser que cinco minutos antes era Claudia.
Lo escuché crepitar y reducirse a cenizas. No me importaba, ese ser no se merecía vivir en el cuerpo de mi adorada Claudia. Ahora era mi cuerpo. Yo era Claudia y volvería a ser la alegre, sonriente y feliz chiquilla que tanto había amado.

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