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miércoles, 10 de abril de 2019

El Trasplante




                 
Cualquiera hubiera pensado que mi vida había sido plena. A mis 75 años de edad era dueño de una las mayores fortunas de España, estaba satisfactoriamente casado y casi toda la gente que conocía me miraba con terror y me saludaba con miedo. Pero no estaba contento. De hecho, toda mi vida había sido una sucesión continua de insatisfacciones. Aunque nadie lo sabía, ni siquiera podían suponerlo.
¿Cómo podrían imaginar que el hombre que lo tenía todo en realidad no era feliz? Y no lo era por dos cosas muy simples, primera porque a pesar de poseer todo lo que se podía comprar con dinero no tenía lo que realmente deseaba y segunda porque no me sentía un hombre.
Ese era mi gran secreto. Desde niño había crecido rodeado de mujeres bellas, seguras y maravillosas. Era el único hijo de una madre soltera con una personalidad arrolladora con una hija impresionantemente bella y una abuela silenciosa y vigilante. Además, era el menor de la familia y mi única hermana, Lucía, se burlaba cruelmente de mí por mi pequeña estatura y mis movimientos amanerados. Cuando se aburría no encontraba mejor diversión que vestirme con ropas ridículamente femeninas, como si fuera otra más de sus muñecas y me hacía bailar en lo alto de la mesa del comedor. Era una crueldad sin razón, pero no podía hacer nada por evitarlo porque era tan débil y pequeño que no podía evitar que me golpeara con el hierro de atizar el fuego. A pesar de ser hombre yo era más bajo y menos fuerte que ella y por tanto la temía. Las primeras veces que me obligó a hacer esto me sentí muy mal, notaba como desaparecía mi orgullo y mi masculinidad iba menguando poco a poco. Mientras tanto mi madre tan sólo miraba y sonreía cuando veía los crueles juegos de Lucía, le daba igual lo que me hiciera y lo abochornado que me sintiera, estaba claro que me odiaba y que jamás me había querido. Mi padre, el padre que me dejó a los cuidados de esa cruel madre, solo aparecía por casa a final de mes para entregar un sobre lleno de dinero. A veces se paraba unos minutos a preguntarme como me sentía y si era feliz. Cuando me preguntaba eso no me quedaba más remedio que mentirle, le decía que mi vida era perfecta, que quería mucho a mi hermana y que no se preocupara por mi felicidad. Y lo hacía porque también le tenía miedo, aunque era un hombre elegante, era también un hombre extraño y no me atrevía a decirle nada sobre las continuas humillaciones que sufría y lo engañaba porque sospechaba que avergonzado por mi falta de personalidad dejara de entregar cada mes el sobre del dinero. Mi vida continuó entre vejaciones y tristeza hasta el momento justo en el que sentí que ya no era un hombre y en el momento exacto en el que acepté mi situación y llegué a desear que mi hermana me vistiera con sus ropas de fiesta  y como si ella se hubiera dado cuenta de lo que pasaba dejó de hacerlo, había crecido demasiado, sus vestidos me resultaban  pequeños y la mesa ya no aguantaba mi peso para que bailara en ella.
La naturaleza se iba mostrando cruel conmigo. A pesar de que llegaría a alcanzar una estatura física bastante considerable, 1.93 m, mi cuerpo había crecido rechoncho y desgarbado. Mis ojos eran pequeños y pronto necesitaron gafas y mis piernas que resultaron tan débiles que me impedían caminar apenas unos pasos sin ahogarme y que me faltara el aliento. Por el contrario, mi hermana creció espléndida, luminosamente bella y pronto se convirtió en el imán de todos los hombres de mi pueblo. Pero carecía de cerebro, su mente era lenta y le costó trabajo acabar la escuela. Yo sin embargo, que no tenía su gracia y su encanto, conseguí terminar la carrera de económicas con poco más de  21 años y además  siendo el primero de mi promoción.
El día de mi graduación debía ser el día que cambiara mi vida, y lo fue, cambió mucho más de lo que yo esperaba. Había invitado a mi hermana y a mi madre al acto de entrega del título de graduación  pero ellas no se quisieron molestar en presentarse  al  único momento en que triunfaba en algo. Pensaba que una vez más estaba sólo hasta que vi a mi padre sentado en la última fila de los espectadores. Allí permaneció hasta que terminó el acto y entonces se me acercó. Me dijo que estaba muy orgulloso por mi graduación y que se había decidido a reconocerme con sus apellidos y como su único hijo legítimo. Ante mi sorpresa me contó que la mujer que me había cuidado y a la que había llamado madre no era tal, tan solo una mujer que me había cuidado tan sólo por la importante cantidad de dinero que le pasaba a final de mes. Y también me contó que Lucía, la muchacha cruel a la que había llamado hermana tampoco eran tal sino que era tan sólo la hija de la mujer que me había cuidado. Con la voz entrecortada me dijo que mi madre auténtica había muerto en el momento de mi nacimiento y que él se sintió incapaz de darme la educación que merecía porque sus viajes eran continuos y que no tenía tiempo para dedicarme. Por eso contrató a esa mujer para que me cuidara como si fuera su hijo a cambió de que él mantuviera todos sus gastos y las necesidades de ella y su familia.
Me dijo que era millonario y dueño de una empresa de inversiones en bolsa y que deseaba que fuera su aprendiz hasta que llegara el momento de su retiro en el que me cedería el control de la empresa y pasaría a ser dueño de todo lo que él poseía como su único heredero.
No dudé un segundo en aceptar su invitación.
Los siguientes años de mi vida los dediqué únicamente al enriquecimiento y a la ganancia de poder. A los 26 años conseguí definitivamente el control de la empresa que fue fundada por mi padre y empecé a dirigirla únicamente en mi beneficio. A los 28 ya era el hombre más rico de mi región y entonces supe que Lucía se había casado con un famoso actor, su foto apareció en la portada de varias revistas, la nombraban como una de las parejas más bellas del país. A los 32 años ya había aceptado que jamás habría una mujer que me quisiera y que nunca llegaría a casarme por amor. Aunque mi físico era delgado, mis piernas a pesar de mi juventud ya me habían fallado y no podían soportar el peso del montón de los huesos y pellejo que era mi cuerpo. Me movía en sillas de ruedas y notaba como la gente apartaba la mirada cuando se me cruzaba, aún no sé si lo hacían por pena o por asco.  Si nadie me quería por mi físico, nadie me querría por mi dinero, así que corte toda relación que tenía con el mundo exterior. Un par de años después vi un reportaje en televisión donde mi exhermana posaba sonriente con una preciosa chiquilla en sus brazos. Se llamará Lucía afirmaba su madre ante los micrófonos. Se la veía feliz y eso aumentaba aún más mi dolor, quería con todo el corazón que sufriera tanto como ella me había hecho sufrir a mí y para colmo de pesares me atormentaba la indiferencia que mi antigua hermana me mostraba. Lucía ni siquiera me había avisado que estaba embarazada y mucho menos me dijo que había dado a luz una chiquilla tan hermosa. Eso me dolía como si me estrujaran el alma, pero me compensaba que poco después de cumplir los 40 años empecé a recibir la visita de mi sobrina a la que le hacía regalos de todo tipo, juguetes, vestidos e incluso una vez le regalé un coche para celebrar su graduación en el instituto. Por aquella época ya tendría algo más 50 años y un día caluroso de Julio llamaron por sorpresa a la puerta de mi casa y para sorpresa mía resultaron ser mi adorada sobrina y mi odiada hermana. La madre me dijo que su hija Lucía iba a comenzar una carrera de modelo en Barcelona y que necesitaba dinero para instalarse en la ciudad y para el primer año de aprendizaje. Yo le respondí que jamás le daría un céntimo y que se fuera de mi casa. Entonces mi sobrina actuó de una forma humillante y plañidera que se puso de rodillas apoyada en mi silla de ruedas mientras que sus preciosos deditos recogían mis arrugadas manos mientras que con los ojos llorosos me pidió que por favor le diera ese dinero porque era su tito favorito y que siempre me visitaría y que el dinero me lo devolvería céntimo por céntimo con los primeros dólares que ganara y que su agradecimiento sería eterno. Sonreí consolado, saqué la chequera y le extendí un talón por 100000 €

Ni mi hermana, ni mi sobrina volvieron a dirigirme la palabra. Jamás volví a recibir una sola llamada de ellas, ni siquiera me mandaron una felicitación navideña. Pero Lucía comenzó una exitosa carrera como modelo profesional. Continuamente la veía por televisión presentando tal ó cual perfume o desfilando en tal ó cual semana de la moda. Se la veía feliz y radiante de orgullo cuando anunció que iba a ser madre en una rueda de prensa ante al menos 30 periodistas. Yo habría cumplido los 60 años cuando vi por televisión como salía del hospital con una canastilla rosa y abrazada por un hombre del cual supe después que había sido también modelo y que era su esposo desde hacía poco más de un mes. Al parecer la boda fue impresionante y hubo cientos de invitados a pesar de que la novia lucía un embarazo de más de 7 meses. En ese momento la odié con todas mis fuerzas, a pesar de haberle pagado su carrera de modelo no me había invitado a su boda, ni siquiera me había avisado de que se casaba. Leyendo revistas del corazón supe que la niña también se llamaría Lucía como su madre y su abuela y que era una niña mucho más guapa que su madre, con unos maravillosos ojos verdes y una preciosa mata de pelo rojo. Cuando los periodistas le preguntaron si la niña sería modelo como su madre, ella respondía sonriente que quería que su hija estudiara primero, que aprendiera idiomas y que luego ella eligiera.
Me sentía frustrado. Mi vida había sido inútil. Nunca me había querido nadie y había fracasado en mis más íntimos deseos. Sin embargo, mi hermana, su hija y su nieta que tanto me habían humillado y que me habían convertido en una persona insegura y retraída habían triunfado en todo cuanto se habían propuesto. Y ni siquiera se habían esforzado por conseguirlo, la naturaleza les había proveído de una belleza espectacular y el amor, el deseo, el dinero, la admiración y la fama les había llegado casi sin buscarla.
Mi vida se había convertido en una sucesión de depresiones y de deseos de suicidio. Cada día era peor que el anterior hasta que todo termino de forma sorprendente el día en el que leí en el periódico un pequeño anuncio sobre un novedoso avance científico que aparentaba no tener mucha importancia. Al parecer un científico coreano, el profesor Yeom Ki-hun había conseguido que un ratón de laboratorio sobreviviera tras realizarle un trasplante completo de cerebro. Esa noticia me ilusionó inmediatamente y pensé en las consecuencias que podría traer si ese trasplante pudiera hacerse entre humanos. Era la gran oportunidad de mi vida para hacer algo de lo que pudiera sentirme orgulloso y dado que era uno de los hombres más ricos del país decidí invertir la mayoría de mi fortuna en esa diminuta esperanza. Así que en pocos días había contactado con el científico y había concertado una cita en Seúl. En la reunión le prometí todo lo que me pidió, 50 millones de € por cada año de trabajo, el mejor laboratorio que el dinero pudiera conseguir, traslado de todos sus colaboradores con mejoras de sueldo a Madrid, vivienda y coche particular para cada uno de ellos en la mejor zona de la capital, y una recompensa especial de 150 millones de € si conseguía que sus investigaciones fueran completamente operativas entre humanos. A cambio le pedía discreción y que sus trabajos se mantuvieran en secreto y que únicamente yo fuera avisado de los resultados que fueran logrando. Nada más realizar la oferta el señor Ki-hum aceptó entusiasmado, había tenido problemas de financiación por causa de los límites morales de sus trabajos e incluso me confesó que habría aceptado una oferta 20 veces menor, cuando escuché su respuesta sonreí satisfecho porque yo le habría ofrecido 10 veces más si me lo hubiera pedido.

No me importaba el dinero desde que en una revisión médica rutinaria me descubrieron melanoma en la cara que además resultó maligno. Este cáncer me iba a desfigurar si todo iba bien y me mataría en casi todas las circunstancias. Cuando me diagnosticaron esa enfermedad ya odiaba mi vida y rehusé a cualquier tipo de tratamiento. Poco después fue cuando supe de los trabajos del doctor Ki-hum y como no tenía nada que perder decidí apostar todas mis esperanzas vitales a sus investigaciones.
Estaba tan seguro de que el trabajo del doctor Ki-hum era mi única esperanza que en mi tratamiento para el cáncer me limité a tomar pequeñas cantidades de medicamentos para detener su avance hasta que las investigaciones del doctor Ki sobre el intercambio de cerebros era plenamente operativo. Y no tardó en producirse ese ansiado anuncio. Una fría noche a finales de noviembre el profesor entró nervioso a mi despacho, se sentó en una silla frente a mí y aflojándose el nudo de la corbata me dijo que había resultado exitoso el trasplante entre primates e incluso entre gorilas y que el siguiente paso debería ser el trasplante entre humanos. En ese momento noté como me temblaban las manos y me sudaba la frente y a pesar de que era la noticia a la que había apostado toda mi vida conseguí mantenerme sereno, sin hacer siquiera un gesto de satisfacción. Fingiendo la calma le pregunté que, si era posible el trasplante entre razas, sexos y distintas edades. El profesor se mostró entusiasmado cuando respondió que no había problemas con la edad, ni con la raza, ni con el sexo. Nada más escuchar lo que me contaba, me levante lentamente de mi sillón, cerré la puerta para que nadie me escuchara y apoyando mi mano en su hombro le pregunté: “Doctor; ¿Quiere usted vivir para siempre?”
1 MES DESPUÉS
Yo sabía que con la importante cantidad de dinero que le estaba pagando podía conseguir cualquier cosa del doctor, pero mi intención era convertirlo en mi cómplice para que me procurara todo lo necesario tanto para mí como para él, y lo conseguí, la promesa de que pudiéramos vivir para siempre era demasiado buena para dejarla escapar. Y sin pestañear me preguntó: ¿Qué quería? ¿Cuándo? Y ¿Cómo?
Para nuestro primer trasplante entre humanos necesitábamos un donante de cerebro que evidentemente era mi persona, y lo que era más difícil y peligroso, también necesitábamos un donante de cuerpo. Había muchas opciones, el doctor Ki-huam me habló entre murmullos que teníamos la posibilidad de hacer un pequeño asalto a la morgue y robar algún cadáver reciente. No me gustaba nada la opción de que mi cerebro fuera trasplantado a un cuerpo que pudiera llevar horas muerto y que sin duda alguna mostraría dificultades de riego, necrosis en órganos y multitud de problemas varios que eran difíciles de imaginar. Tras una larga charla conseguí convencer al doctor que deberíamos “forzar” a que alguien se convirtiera en “donante”. Ya que el trasplante era “forzoso “para asegurar el éxito deberíamos escoger un donante joven y sano y para asegurar la adaptación y el bienestar al círculo social y vital del donante cerebral del nuevo ocupante del cuerpo este debería tener belleza y buenas relaciones sociales. Kim me sugirió que podríamos raptar a un famoso deportista ó al hijo de un ministro que en aquellos momentos visitaba la ciudad. Me negué a esa posibilidad y sugerí otra posibilidad mucho más drástica y atrevida pero que satisfacía mis deseos más profundos.
2 MESES DESPUÉS
“Levanta, vamos despierta, levanta” Fueron las primeras palabras que escuché tras varias semanas de convalecencia después de la operación más innovadora de la historia de la medicina.  Era la amistosa voz de Hi-huam que me hablaba con auténtico miedo porque temía que cualquier daño físico ó mental que mi cerebro pudiera sufrir impidieran sus sueños de riqueza e inmortalidad. Los primeros días tras la operación fueron terribles, aunque escuchaba la voz del doctor no podía responder, tampoco podía  abrir los ojos y ni siquiera conseguía mover los  miembros  de mi nuevo cuerpo. Durante la primera semana temí que me había quedado en coma y que me convertiría en un vegetal en cama hasta el día de mi muerte. De nada había servido cambiar mi cuerpo si me había convertido en un trozo de carne que no podía moverse ni reaccionar. Pero varios días después por fin pude mover los dedos de los pies, horas después también podía mover las piernas y los brazos, un día pasó hasta que por fin pude abrir los ojos y contemplar la habitación y las máquinas a las que estaba conectado. Reuniendo mi fuerza de voluntad intenté levantarme y mirar a mi nuevo cuerpo en el espejo del cuarto de baño, pero en ese momento me detuvo Ki-huam, diciéndome: “Ahora mismo no debes esforzarte, el trasplante de cerebro ha sido un completo éxito y en una semana podrás salir de la habitación y en dos podrás comenzar tu nueva vida”
Con paciencia esperé que finalizara la semana y justamente catorce días después pude incorporarme y caminar apoyando en el brazo del doctor y arrastrando los pies hasta el cuarto de baño para mirar mi nuevo rostro en el espejo. Hasta allá me acerqué de forma lenta pero segura de lo que iba a contemplar. Entre una maraña informe de pelos y entre las vendas que cubrían el casco de mi cabeza estaban los ojos, la diminuta nariz y la abultada sonrisa de Lucía. Y pude contemplar esa sonrisa porque salió de forma natural en mi nueva boca porque estaba enormemente satisfecho y mi alegría era tan grande que ni siquiera las vendas podían ocultar mi alegría. Estaba claro que la operación había sido un éxito y que el cuerpo de la hija de la hija de mi hermana era ahora mi propio cuerpo. Ki-huam no me había engañado, había drogado a mi sobrina nieta, después la había raptado, escondido en nuestro laboratorio secreto, la había preparado y finalmente la había convertido en donante de cuerpo. Tocando el bulto que hacían las vendas en mi pecho me volví a acordar de Lucía y pregunté: “ ¿Qué ha sido de Lucía?” Me respondió que como habíamos acordado no la había dejado morir y que también había trasplantado su cerebro a mi decrépito cuerpo, que esa operación se había realizado en primer lugar como prueba para el trasplate posterior de mi cerebro y que como había resultado u completo éxito aseguró mi posterior operación. Pero que por desgracia tampoco importaba mucho esa operación porque mi excuerpo estaba en tan mal estado que le quedaban pocos días de vida. Me alegré de escuchar esas noticias y no sólo por el bien de mi familiar, sino porque quería que Lucía me informara de sus asuntos privados que yo no conocía y sin los cuales no podría disfrutar de su vida y sobre todo porque deseaba verla rabiar cuando me viera pasear en su cuerpo y asumir su vida.
La siguiente semana el doctor la dedicó por completo a retirar vendas y a quitar puntos de mi cabeza, yo por mi parte, acostumbrado como estaba a la fragilidad y a la debilidad corporal me encontraba maravillado de lo pronto que sanaba y cicatrizaba mi joven cuerpo. Fueron días duros por la agresiva cantidad de drogas anti rechazo que me inocularon. El doctor me aseguró que no me preocupara, porque el dolor que estaba sufriendo aquellos días sería muy positivo en el futuro porque el tratamiento al que me estaba sometiendo era totalmente innovador y me permitiría no tener que volver a tomar drogas en el futuro porque este cuerpo asumiría como propio su nuevo cerebro y no intentaría rechazarlo, lo cual me daría una vida plena y sin ningún tipo de preocupaciones. Como decía, la siguiente semana fue terrible, prácticamente insufrible para mi mente e inacabable para mi cuerpo. Pero la asumí con paciencia y resignación y por fin una buena mañana el doctor me dijo que su trabajo había terminado por ahora y que podía comenzar a vivir la vida de Lucía, a conocer a su familia, sus amigos, su trabajo, sus estudios y a follarme a su novio.
De nuevo sonreí satisfecho, por fin iba a tener una vida completa sin restricciones de género, es más, ahora sería la envida de casi todas las mujeres, tanto de las más jóvenes como de las más  viejas.
En poco más de unas horas me había vestido en las ropas que vistiera Lucía cuando fue secuestrada, me sorprendió que fuera tan sólo un chándal y unas zapatillas de deporte. Eso me hizo pensar que fue secuestrada en esas horas de la mañana en las que Lucía se dedicaba a hacer deporte para mantener en forma su maravilloso cuerpo. Pedí un taxi y en apenas una hora estaba frente a la puerta del apartamento que la agencia de modelos pagaba a Lucía. Era inmenso, más que un apartamento era un piso y más que un piso era una casa. Antes había tenido el cuidado de llamar a la agencia pidiendo que me enviaran un juego de llaves. Cuando anuncié que era Lucía desviaron inmediatamente la llamada al director de mi agencia que se mostró entusiasmado por mi retorno y me pidió que lo perdonara si en algo me había decepcionado. Yo le respondí que no se preocupara porque había decidido tomarme unos días libres para replantearme mi vida y que volvía como una mujer nueva con más ganas de trabajar que nunca. Le pedí que me enviara un equipo de maquilladores y otro de peluqueros inmediatamente porque durante estos días había abandonado mi cuidado físico y no estaba presentable para reaparecer en público. Agradecido me respondió que no me preocupara y que en dos horas tendría allí a los mejores de la agencia.
En esos momentos sentí algo de remordimiento. Sentía algo de reconcomia por lo que le había hecho a Lucía y un pequeño sentimiento de culpa me dificultaba entrar en su piso y usar sus cosas como si fuera la auténtica Lucía. Así que me senté en el jardín del edificio esperando la llegada de los enviados por la agencia de modelos.


No tardaron en llegar, y nada más verlos aparecer se mostraron encantados de saludarme y encantados de desearme lo mejor fue cuando se me olvido lo que le había hecho a Lucía y me sentí perfectamente a gusto en mi nuevo cuerpo. Abrí la puerta y los invité a entrar. No sé el rato que estuvieron empleados en embellecerme aún más de lo que era al natural, pero disfruté todos y cada uno de los momentos que utilizaron para hacerlo. Me gustaba la atención que prestaban a mi pelo o a mi piel, pero sobre todo me encantaba la envidia que notaba en todos y cada una de ellas cuando me miraban a la cara. Ellas jamás serían ni siquiera la mitad de bella que yo era en ese momento despeinada y sin maquillaje y a pesar de que intentaban esconder sus sentimientos en sonrisas fingidas podía intuir perfectamente la frustración que les causaba tratar a una mujer tan espectacularmente bella como yo cuando eran ellas las que darían todo cuanto poseían por estar sentadas en la silla en la que yo me sentaba. Cuando terminaron y estaban recogiendo me dijeron que se iban. No podía permitirlo. Quería que permanecieran allá odiándome, deseándome, envidiándome, así que con mi más inocente timbre de voz les dije que estaba un poco confusa y que no podía elegir bien, que por favor eligieran ropa elegante para una gran fiesta a la que iba a asistir esa noche y que me ayudaran a vestirme con ella. Por supuesto que era mentira, pero deseaba hacerles sentir la frustración que se sufre por no ser perfecta y sin embargo tienes delante a alguien tan perfecta como yo misma. Así estuvieron algo más de una hora, escarbando en mis armarios y eligiendo vestidos, medias, pendientes, adornos y los más elegantes zapatos. Yo disfrutaba inmensamente de mi nueva belleza cuando veía como unas damas que deberían ser bellísimas si no se comparaban conmigo se ponían de rodillas para con mucho cuidado introducir mis pequeños pies en unos elegantes mules negros o cuando doblaban la espalda para quitarme alguna arruga de mi falda. Finalmente, todo había terminado y pude despedirles sin ni siquiera darles la gracia. Bastante tenían con el sueldo que les pagaba mi agencia y con el honor de servir a una de las mujeres más bellas del planeta.


Esa tarde y la noche entera me la pasé entera admirando mi nuevo cuerpo ante el espejo y fantaseando sobre las cosas maravillosas que me esperaban siendo tan joven, tan famosa, tan rica y tan tan guapa. Pero, aunque tenía el cuerpo, el trabajo y la vida de Lucía aún me faltaba información para poder disfrutarla por completo. ¿Tenía ahora novio? ¿Quiénes eran mis mejores amigos? ¿Cuáles deberían ser ahora mis aficiones y hobbies?
No había duda, necesitaba más información y sabía dónde conseguirla.
El doctor Ki-huam había depositado el cerebro de Lucía en mi antiguo cuerpo y por lo tanto en esa carcasa decrépita, vieja y enferma estaba la persona que podía darme la información que aún me faltaba para vivir la vida de Lucía por completo y para que nadie jamás tuviera la menor duda sobre quien era la auténtica propietaria de este lujoso cuerpo.
Nada más amanecer marché al sótano del laboratorio del doctor Ki-hum donde debería estar encerrada todo el tiempo que aún le quedara de vida la antigua dueña de mi nuevo cuerpo. La contemplé desde la ventana exterior, y en ese cuerpo parecía vieja, temblorosa, como un macho humillado y dolido y no pude evitar la tentación. La antigua dueña de mi cuerpo había participado en las más variadas orgías y fiestas llenas depravación, jamás le importó aparecer en revistas rodeada de travestis o besando a mujeres, ¿Habría participado en alguna fiesta de sado-maso y dominación? No lo sabía, pero me apetecía comprobar cómo podría sentirse cuando se viera delante de una dominatrix estando en un cuerpo masculino y siendo yo la que usa el látigo. Así que inmediatamente me cambié en las ropas adecuadas para gozar de mis nuevas experiencias.
Jamás podré olvidar la cara que puso cuando me vio aparecer vistiendo tacones de 7 cm. de altura, medias negras, vestido ajustado y SU CUERPO.



Podía ver el miedo en su cara. Pero creo que a pesar de todo era el sentimiento que más la hacía sufrir era el asombro que sentía al ver su cuerpo andar frente a él sin su control. Estaba dispuesta a que pronto cambiaran sus sentimientos, iba a humillarlo y castigarlo hasta que me dijera TODO lo que deseaba saber. Decidí que mi disfrute comenzara de distinta forma, quería que sintiera la frustración que yo había sentido tantos años por haber nacido en un cuerpo débil y frágil. Así que le pregunté: ¿Qué te parezco? ¿Te gusta cómo me queda tu cuerpo? La verdad es que me siento maravillosa, llena de fuerza, de juventud, de vida… en cambio tú… eres un viejo asqueroso y repugnante, ni siquiera vas a poder aguantar el daño que vas a sufrir en las próximas horas. Y sin más prolegómenos comencé a golpearlo mientras le preguntaba cuáles eran sus mejores amigos, su novio, sus relaciones en el trabajo o simplemente sus tiendas favoritas para ir de compras. Seguramente debería haberme sentido mal por el daño físico que le causé, pero no me parecía nada excesivo porque necesitaba esa información para que la nueva Lucía triunfara en su vida profesional y privada.


Debo confesar que hubo momentos en los que disfruté, pero no del daño físico, sino del daño moral que mostraba cada vez que miraba mi nuevo cuerpo y lo comparaba con el suyo. Le lloraban los ojos de rabia, abría la boca asombrada para intentar decirme algo pero no podía por la sangre que se le escapaba entre los dientes. Desde luego que Lucía había perdido muchas cosas, había perdido juventud, belleza, salud, amistades, reconocimiento y sobre todo futuro.  Especialmente gratificante fue cuando le dije que estaba deseando hacer el amor con su antiguo novio pero que lo haría una sola vez porque luego lo abandonaría porque una mujer que tiene un cuerpo tan bello no puede estar atada a un solo hombre pero que esa única vez la iba a disfrutar por completo. Sentía como su mirada llena de odio intentaba atravesarme y matarme, pero su impotencia me hacía aún disfrutar más. Pocas horas después me había contado todo cuanto quería saber y se derrumbó en el suelo impotente y sudoroso entre lágrimas suplicándome que lo matara. No soy tan bondadosa como para matar a alguien tan indefenso, así que le pisé la cabeza con los taconazos que hasta entonces habían sido suyos y que ahora adornaban mi pie y me marché sonriendo mientras escuchaba como lloraba dolorido y desesperado.

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